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En los oscuros callejones de una calle de la Periferia, Hanis Bey, uno de los generales más temidos del Imperio Saturnino y jefe del Servicio Secreto Imperial, caminaba tranquilamente hacia su lugar de destino, un pub clandestino localizado en un ruinoso edificio.
Con las sombras como sus compañeras, el general reflexionó con detenimiento sobre la situación actual dentro de la corte imperial.
Había advertido a la emperatriz Ilya del peligro que acechaba en las paredes del palacio. Los Padernelis, la familia de Ecclesía, la joven amante del emperador, estaban empezando a hacerse de un poder político que amenazaba no solo el futuro de Saturno entero, sino también la seguridad de las mujeres de los planetas circundantes. No era para menos su preocupación; tanto él como la emperatriz descubrieron que los Padernelis lideraban una red de tráfico de mujeres.
Lo peor de todo era que el emperador tenía conocimiento del asunto y que incluso recibía un fuerte soborno a cambio de mantenerse callado.
Para ambos, esa situación podría ser la oportunidad perfecta para encontrar la forma de liberar su hogar, Neptuno, así como Júpiter, Urano y Plutón del yugo imperial, así como proteger a la Tierra, el hogar ancestral.
Se detuvo un momento y levantó la mirada hacia el cielo estrellado. Pensó enseguida en su esposa, Ceren, a quien veía cada cierto tiempo en ese planeta de aguas azules y verdes prados. La hija de ambos, Elia, recién se casó con Iorek, hijo de uno de los mejores amigos de Hanis. Cerrando los ojos, elevó una oración a los dioses para que protegieran a todos los hijos nacidos de esa unión, y que si uno de éstos era niña, que no tuviera la desgracia de toparse con los traficantes de los Padernelis.
Entró al pub y se sentó en una mesa ubicada en un rincón semioscuro. El tabernero, quien lo conocía, se acercó con un tarro de cerveza y le comentó en voz baja: "Ten cuidado, Hanis. Los Padernelis tienen ojos en estas partes de la Periferia. Algunos de tus hombres capturaron y extrajeron información interesante que debes saber".
Dicho eso, le entregó a Hanis un hologramador. "Gracias, Larry", musitó el general.
El tabernero asintió mientras se apartaba de él.
Unos minutos después, un hombre encapuchado se acercó a la mesa y se sentó. Hanis, sonriente, le saludó: "Homeiros, amigo mío".
"Hanis", le devolvió el saludo el duque Homeiros de Getz.
"Creí que no ibas a venir".
"Le dije a mi padre que fuera en mi lugar. No quería el viejo, pero le dije que tenía una reunión contigo que no podía aplazar. Marguerite te manda saludos y mucho afecto a Ceren y a la felizmente casada Elia. Espero que Iorek cuide bien de ella".
"Fue entrenado por mí y por Ceren. No habrá problema si se trata de derribar a las huestes de los Padernelis".
La mirada de Homeiros se oscureció al escuchar aquella mención. "Esos bastardos... ¿Es cierto lo que me ha contado Meleke?"
"Por desgracia lo es".
"Entonces debemos actuar pronto. Si la gente supiera la clase de gobernante que tiene, la tendríamos de nuestro lado".
"Está de nuestro lado, Homeiros. La gente siempre ha estado del lado de aquellos que intentan cambiar las cosas. Está del lado de Ilya y de su hijo pequeño, Haeghar. Por desgracia, eso no es suficiente; tenemos que encontrar el modo de desestabilizar a las familias militares".
"¿Y cómo haremos eso? Los ejércitos de esas familias son más fieles que un perro terrícola. No traicionarían a aquellos que les dan de comer y les proporcionan sentido de la gloria".
"Ya se me ocurrirá algo... Ya se me ocurrirá".