









Han pasado cuarenta y ocho horas desde que cruze la meta y, siendo sinceros, bajar las escaleras sigue sintiéndose como un deporte de riesgo. A dos días de haber completado los 42,195 kilómetros,mi cuerpo no pide kilómetros, pide tregua. Este es el momento crítico donde el entrenamiento ya no se mide en ritmos por kilómetro, sino en la calidad de mi recuperación.
Hoy, el "entrenamiento" tiene un nombre distinto: recuperación activa. No buscar las zapatillas de running; busco el movimiento suave. Una caminata ligera de veinte minutos y una sesión de estiramientos dinámicos son suficientes para reactivar el flujo sanguíneo hacia las fibras musculares dañadas sin añadir estrés mecánico. Mis depósitos de glucógeno aún se están recargando y mi sistema inmunológico está en alerta máxima, por lo que la intensidad es mi peor enemiga.
Escuchar al cuerpo es una habilidad de corredor de élite. Siento pesadez, siendo eso algo normal; Aprovechare este tiempo para hidratarme con conciencia, priorizar las proteínas para reparar el tejido y, sobre todo, para asimilar mentalmente la hazaña que acabo de lograr. La carretera seguirá ahí la próxima semana; hoy, mi único objetivo es permitir que la magia de la supercompensación haga su trabajo mientras descanso con la satisfacción del deber cumplido. Se logró el objetivo que fue culminar con éxito la Maratón.
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